Saguaro

Saguaro was a bilingual literary journal published by Mexican American Studies and the Department of Spanish and Portuguese at the University of Arizona

Selected Works from Volumes 6, 7, and 10:

Somewhere in Sonora by Eloisa Pope

Autumn sands burn red,
mesquite, saguaro, cholla
in flames beside the path:
I leave my motor running,
as you wander brilliant,
harsh and windy--
a tractless prophet
in an unforgiving desert.

I can smell your secret.
You chased the woman who ran
thirsty in a wasteland,
drove hot needles through her skin,
made her feel the sterile fury
of that hollow place, you call a heart.
And you remain a noisy meanness,
arguing your way into arroyos
where coyote yaps and yowls disconsolate--
sole trickster with nothing to mate.

In the canyon, the moon pulls
shadows over her face.
A glimpse of red
glows through; city lights,
maybe, but I suspect
you've burned her too.

The moon is veiled by an impotence of clouds
blueing my hands on the wheel.
In a place where most voices are lost,
yours comes through Nogales,
hisses on the radio, a carcass
still burning, alone and hollow
somewhere in Sonora.
 

Tenets by Bernice Zamora

In the separation of body and soul,
I have drawn this conclusion:
It is bone impossible,
Despite every encumbrance,
Dying ignorance aside,
Dreams cling to each rattled bone.
In the heart's arrogant love
I have held my breath before
Iconoclasts ignorant of living forests
Dying trees, and women nailed
Diligently to tilted anatomies
Dying, too by scorching winds.
One soul, one body, one winded instrument.
On the bone, a face, a smile
Or teeth rattling rhythmically
To song-drumming, barely sensed
Tunes taken from dreams and left
To haunt the heart until it begs connection.

 

Criticoldo Metiche by Miguel Mendez M.

A parte de llamarse Criticoldo Metiche se le conocía por otros sobrenombres: Necio, Tío Reglas, Aguafiestas, Enfadoso, Don Perfecto.

En los días del gran conflicto con los changos tenía el señor Metiche un medio siglo de edad.

Criticoldo Metiche había dedicado toda su vida a pensar y dar consejos sin que nadie se los pidiera. él se creía un ser superior con la misión de enderezar todo lo que a su juicio estuviera chueco.

Criticoldo Metiche era un hombre flaco, en el espinazo y las costillas no tenía carne ni para completar un bocado; tenía narices superlargas en forma de gancho, los ojos muy chiquitos y juntos, su boca alargada en punta redonda, como moneda; era el cuello de Metiche demasiado largo, un tanto ajirafado.

Criticoldo caminaba viendo hacia todos lados, hablando a solas.

Cuando algo o alguien le llamaba la atención, frenaba su paso, estiraba el pescuezo como acordeón, soltaba entonces chorros y chorretes de palabras, casi siempre para regañar, dar órdenes o consejos a alguna persona: Oye tú, saluda, no seas burro. Niña, dile a tu madre que te haga más largos los vestiditos, no te vaya a dar una pulmonía en las nachas. ¿Otra vez a la iglesia, doña Chonita? ya estará Dios indigesto con tanta tontería que le platica usted. Te van a nacer yerbas en las orejas, chamaco cochino, si no te las lavas. Con que hartándose de cerveza los señorones ¡eeh! mientras a la familia que le aúllen las tripas como perros con mal de amores. Trabajen gentes, edúquense, báñense a cada sábado para que no ofendan la atmósfera. Mientras haya zonzos habrá gobiernos ladrones. Qué bonita misión, señor ministro de Dios, ya revienta de gordo, se le va a extraviar el espíritu redentor entre el relleno de las tripas.

Con el tiempo dejó la vecindad de aborrecer a Criticoldo Metiche. Lo oían nada más sin molestarse en responderle. De fatidioso se convirtió en hazmerreír.

El día en que sermoneó a los changos para su mala fortuna y peor desgracia, quedó un vacío en la conciencia de su pueblo, La Maleza, sitio por allá por rumbos de Veracruz, que nadie hubiera sospechado tan profundo.

Un día de tantos entre muchos apilados, su porir infausto que no porvenir dichoso, lo adentró a la selva en actitud de sonámbulo. Su mente, remedo de jungla entretejida de ensueños, alienó su sentido de orientación. Caminaba, ajenos sus mismos pasos al rumbo que lo llevarían. A la par que avanzaba a través del follaje por una vereda sombreada de verde, ámbito de graznidos, gritos, mallar, carreras, cuchicheos y un sin fin de ruidos misteriosos, veíase así mismo colocado en un estrado predispuesto para dar asiento a las posaderas del más sabio consejero, no entrevisto en toda la estela que ha pintado la historia en su devenir de cabo a rabo.

Miró dentro de su mente febril que hasta él se acercaban en procesión algunos señores presidentes de estados poderosos, dignatarios de todas las religiones sin excluir al mero Papa, amén de reyes ornamentales y otros sujetos de menor jerarquía y mayor arrogancia.

No, señores, no, no sean tan mañoños, miren que se les pasa la manita. Eso de genocidios en nombre de la paz, pues cómo pues. Un presidente está para presidir en bien de su pueblo. Respetables dignatarios, no dispongan del ora de las arcas nacionales para ustedes y amigotes, dejen de dar oídos a tanto adulón. Por el amor de Dios, no inspiren matazones; ya, señores, ya cierren sus carnicerías. No sean pilluelos. Señores gobernantes de la iglesia, basta de lujos e hipocresías, gánense a los feligreses predicando con ejemplos de humildad y conmiseración, imiten a Jesús. Nada nuevo bajo el sol: la nobleza troca el ocio por escandalitos. Burdelitos de postín ¡eh!. Basta de mitos, despierten señores.

Bueno, por hoy se cierra la consejería, si quieren de mi vasta experiencia y gran saber, vuelvan mañana.

Se allegó la noche sin el tránsito del crepúsculo. Tan absorto estaba, Criticoldo Metiche, en sus divagaciones aleccionadoras, que le cayó la noche encima como párpado que pone telón a un ojo cuando más brilla.

Caray, ya es de noche, hace frío además. Qué distracción la mía. Pero . . . se oyen ruidos ¿se acerca un ejército?. Esa algarabía rara, ese tronar de ramajes tronchados, avanza. Me subiré a este árbol alto y frondoso. Debo atisbar. Ayayay, presiento un gran peligro. Desde aquí puedo ver todo lo que me rodea y nadie podría descubrirme. ¡Dios me libre! ¡son changos! centenares de changos, ya rondan mi refugio. Parece que deliberan en grupos. Empieza a calar el frío nocturno. Tengo miedo. Saltan, se abrazan, gritan enloquecidos los primitos. Buscan calor.

Después de un par de horas, Criticoldo Metiche: un mismo cerebro, la misma cabeza hasta la calaverez, cayó como siempre en su universo interior: un cosmos repleto de consideraciones, ideas, deducciones de toda naturaleza. Así se le ocurrió pensar, creer a grado de autosugestionarse, el que aquellos changos suelen celebrar en sesión algunos asuntos de médula intelectual de gran significancia. él se supo llamado a revelar el gran misterio: Los changos son seres parlantes, sabios. Fingen no saber mayor cosa para no caer en la aberración del proceder humano violento, absurdo, no obstante el mito del “homo sapiens”.

No, no lo creo, no lo creo, no. Están acarreando leña, amontonan brazuelos secos de árboles añosos, hojarasca, ¡vaya! con estos primates ¿Traerán fósforos? ¿acaso disponen de encendedores?. Qué hacen ahora estos tontos. ¡Atrapan luciérnagas!, las acercan a los materiales combustibles. Todos revolotean a caza dela lumbre que vuela; la agarran. Corren con puñados de luz, excitadísimos pretenden provocar fuego en las yerbas secas. El colmo, le soplan a las luciérnagas para que brote el chisperío y ardan las briznas.

Tengo que instruirlos, sacarlos de su ignorancia, me lo agradecerán por los siglos de los siglos. Allá voy, ya desciendo. Para educar a los tontos de capirote nací yo. Seré el Sócrates de los changos.

No, muchachos, no, no sean ingenuos, entiendan la realidad; estos insectos luminosos son lu. . .ciér. . .na. . .gas. Yo les enseñaré a encender el fuego. Ya verán. Seguido usarán utensilios, podrán modelar metales, nos vamos a saltar el período de la piedra. Óiganme nomás. Acérquense, fíjense bien, muy atentos: sobre este pequeño leño hay que frotar fuerte con un palir . . .

Un chango de estatura descomunal le descerrajó un monotazo en la cuca a Criticoldo Metiche, amén de otros brutos quebrantaron y remolieron totalmente su humanidad. Su acervo de ideas y soluciones geniales a todo lo que pareciera problema se tornó en un complejo espacial testo de estrellas brillantísimas, como supernovas que fueron apagándose en desfavor de un vacío tenebroso. De inmediato un hoyo negro se chupó a Criticoldo Metiche con todo y su luminosidad.

A los días lo hallaron sus coterráneos de, La Maleza, nimbado por una corona de floretones negros con alas y picos. Le dieron cristiana sepultura.

Más rápido que ya vas Sabás se dieron propios y extraños a repasar la vida y milagrería del filósofo silvestre, Criticoldo Metiche, pasó por paso. Siguen aún comentando sin reposo las singularidades de tan curioso espécimen del género humano que caminaba, en efecto, erguido y en dos patas.

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